Esperame. Ya vuelvo. – PARTE I de II

     Tenía el mejor par de piernas de todo Nueva York, que lastima que nunca usara faldas. Anastasia, una pelirroja de estatura media con unos ojos verdes que podrían haber sido hermosos de no lucir siempre tan tristes. Eran las 2 de la madrugada, la luz del poste eléctrico se filtraba por su ventana y le impedía conciliar el sueño, si cerraba la ventana, no soportaba el calor. Estaba sola, su marido se había ido a la guerra y la había dejado completamente sola. Siempre fue ama de casa, no convencional, pero a su manera. Al irse los hombres a la guerra, Anastasia, como muchas otras mujeres se vieron en la necesidad de trabajar. Los 1940 no fueron tanto el glamour que nos pintan en los documentales de historia de la moda, fueron duros años en los cuales muchas mujeres se enfrentaron a la cruda realidad de tener que convertirse en algo completamente diferente a lo que estaban acostumbradas.

Salvador, su marido, se había ido a la guerra, en realidad ella tenía esperanzas de que no regresara; no había experimentado tanta tranquilidad desde que él estaba lejos. No había quien exigiera comida, limpieza, camisas planchadas, o sexo a deshoras de la noche cuando lo único que le apetecía al cuerpo era dormir. Ya los ahorros se le estaban acabando, y debía pagar el alquiler del apartamento, en eso pensaba; en lo que haría para resolver su actual situación.

Se levantó de la cama y camino hacia la ventana, la briza sacudía la cortina traslucida de chiffon blanca. Se puso una bata por encima y se recostó del marco de la ventana del cuarto piso a mirar hacia abajo. No había gente en la calle, y la única luz de la cuadra le había tocado directamente frente a la ventana de la habitación. Se dio la vuelta y vio la fotografía de su boda en la mesa de noche, viró los ojos con un gesto de incomodidad mientras abría la gaveta para sacar un cigarrillo. Sus manos blancas con las uñas rojas color sangre perfectamente arregladas tomaron un encendedor dorado con pedrería incrustada y dieron fuego al cigarro. Abrió por completo la ventana y puso una silla en frente con el espaldar para la ventana. Abrió las piernas y se sentó al revés en la silla a fumar su cigarrillo frente a la suave briza de Mayo.

No supo en que momento quedo profundamente dormida que se despertó en la alfombra de la habitación justo en frente de la ventana. Miro el reloj en la mesita de noche, al lado de la fotografía de su casamiento, eran las 9 A.M. Quizás era tiempo de que fuera consiguiendo un trabajo para poder saldar las cuentas, pero ella no quería trabajar en una factoría como las demás.

Se bañó, se arregló y se puso su tradicional pantalón de cintura alta con sus guantes marrones y unas gafas redondas con filo dorado. Se miró al espejo antes de salir para asegurarse que sus labios estaban lo más rojos posibles, salir sin rojo en los labios era equivalente a salir desnuda. Caminó la ciudad buscando empleo, pero ninguna de las plazas disponibles  le hacía mucha gracia a Anastasia. Una mujer acostumbrada a moderados lujos, sin ganas ni costumbre de trabajar ni sudar lo que tiene no fácilmente se visualiza teniendo que trabajar en cualquier cosa para poder subsistir.  “Me quedan 2 meses”, pensó; esperaré un rato más. Salió de un café donde había ido a indagar sobre un trabajo de mesera y se sentó en una mesa de afuera a fumar un cigarrillo cuando de pronto fue sorprendida por la voz de un hombre que se acercó a su mesa.

“¿Tiene fuego?” preguntó el hombre.

Anastasia levantó la mirada y lo miró fijamente a los ojos mientras soplaba humo de su boca. Sin decir una palabra tomó el encendedor y se lo extendió al señor.

“¿Le molesta si la acompaño?” dijo en hombre mientras se sentaba en una silla frente a Anastasia.

“De todos Modos ya me iba” contestó ella apagando el cigarrillo en un cenicero.

–          “¿Me devuelve mi encendedor?”

–          “Solo si me dice su nombre”.

Anastasia se rió.

–          “Muy bien. Quédese con el”.

–          “Pues no es necesariamente mi estilo, pero gracias”.

Ella se puso de pie y se dió la vuelta para irse cuando fue sorprendida por el caballero una vez más.

–          “Anastasia”. Dijo el tipo con voz firme y segura.

Ella pausó y se dio la vuelta sorprendida. Se regresó, y se sentó frente al hombre de nuevo.

–          “¿Quién es y como sabe mi nombre?

–          “Vaya carácter que tienes, eso me gusta”.

–          “Me importa un rayo lo que le guste. Respóndame”

–          “Tranquila, soy conocido de su marido.”

–          “¿Es amigo de Salvador?”

–          “Bueno, tanto como amigos, no.”

–          “¿Entonces?”

–          “Salvador trabajaba para mí.”

–          “Pues usted no tiene pinta de ser jefe de factoría”.

–          “Eso es porque no lo soy. Y por lo que veo no está muy enterada en cuanto al trabajo de su marido.”

–          “¿Qué quiere?”

–          “Usted me luce como una mujer inteligente. Y sé que tuvo que sospechar que su marido no trabajaba en una factoría. Vamos, que trabajador de factoría puede tener tan bonita y bien vestida a una mujer como usted”.

–          “¿Qué quiere?!”

–          “Anastasia, su marido apostó su apartamento y sus pertenencias y perdió. Y ahora su vivienda y todo lo que tiene me pertenece a mí. Tengo las pruebas necesarias”.

–          “¿Cómo? Eso es una locura.”

El hombre sacó un sobre del bolsillo de adentro de su saco y lo colocó sobre la mesa. Anastasia lo miró sospechosamente, y luego lo cogió y lo abrió. Quedó sorprendida al leer que efectivamente este hombre tenía razón, todo lo que creía de ella y su marido le pertenecía a este extraño.

–          “Mi teléfono está dentro del sobre. Llámeme para ponernos de acuerdo. Gracias por el detalle” – dijo mientras se metía el encendedor en el bolsillo de adentro del saco.

El hombre se puso de pie y se fue fumando su cigarrillo mientras Anastasia no tenía la menor idea de que haría. Sentía unas nauseas incontrolables, su cuerpo se sentía débil, frio, aún en estado de shock por la sorprendente noticia. Como pudo caminó hacia a la orilla de la acera y señalo a un taxi. Todo el camino a casa mantuvo los ojos cerrados.

El taxi arribó frente al edificio, Anastasia abrió los ojos, le pagó al taxista y salió del auto. Temblorosa y débil subió los escalones con lentitud. Buscaba nerviosa la llave de la puerta principal, pero sus manos temblaban del nerviosismo, de pronto escuchó la voz de un hombre.

–          “Señora, ¿Está bien?

Anastasia no alcanzó  ni a contestar, su cuerpo frio se desplomó hacia el piso y perdió el conocimiento.

Perdió absoluta noción del tiempo, y al despertar se dio cuenta que estaba acostada encima de un sofá en una sala desconocida para ella.

–          ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

El hombre, un trigueño alto de unos 40 años con gomina en el pelo y  tirantes marrones fumaba cerca de una ventana abierta. Al ver que despertaba Anastasia apagó el cigarrillo y se acercó a ella.

–          ¿Estás bien? – Preguntó sentándose al lado de ella.

Anastasia miró a su alrededor, estaba en un apartamento frente al edificio donde vivía ella, se veía la falta de una presencia femenina, todo era muy simple, muy sin cuidado. Ella buscó su bolsa y el sobre y los abrió.

–          “No te preocupes, no te he quitado más que un solo cigarrillo”.

–          “¿Quién eres? ¿Qué hago aquí?”

–          “Me llamo Chuck. Bueno me llamo Charles, pero me dicen Chuck. Y de no haber sido por mí te hubieses roto la vida al rodar escalón abajo cuando te desmayaste frente a aquel edificio”. – apuntó al edificio donde vivía Anastasia.

–          “Soy Anastasia”. – respondió mientras se arreglaba la blusa y el pelo y sacaba el pintalabios rojo para retocarse la pintura.

–          “Anastasia” – Vaya, que nombrecito.

–          “Porque Charles es un gran nombre ¿no? – dijo ella en tono sarcástico.

Chuck se rió levemente, se echó para atrás y la miró al rostro unos segundos.

–          “Anastasia. Significa resurrección. Irónico ¿no?

–          “Bravo, aparte de guapo eres letrado.”

–          “¿Y tu, eres otra cosa aparte de guapa?”

–          “Casada”, Chuck bajó la cabeza y se pasó la mano por la parte de atrás del cuello.

–          “Muy bien. Eres bastante clara. Aparte de bastante guapa”.

–          “Me tengo que ir”.

Anastasia se puso de pie, e inmediatamente se tuvo que sentar porque se sintió mareada.

–          “Ven, ven, tranquila, siéntate. Espera a que se te pase este malestar y luego te acompaño personalmente a tu edificio, y te entrego sana y salva a tu marido.”

–          “Mi marido está en la guerra”.

–          “Comprendo. Bueno aunque en realidad la que parece que está en un campo de batalla eres tu”.

–          “Tengo muchas cosas en la mente”.

–          “Y yo tengo mucho tiempo”.

Anastasia se sonrió.       

–          “¿Siempre eres así?

–          “¿Así como?

–          “Pues, así”.

–          “¿Y tú?

Anastasia lo miró a los ojos, se mordió los labios y se puso de pie. Tomó su bolsa y su sobre y se dirigió hacia la puerta.

–          “Te acompaño”.  – Dijo Chuck abriéndole la puerta.

–          “No hace falta alguna, gracias de verdad por socorrerme.  Voy a estar bien. Tranquilo”.

–          “Pues si aceptas cenar conmigo me daré por agradecido”.

–          “Bien, tu dime”.

–          “Regresa a las 8, soy muy buen cocinero”.

–          “Muy bien”.

Anastasia no tenía cabeza para pensar. Llevaba el sobre apretado en su pecho y no sabía qué hacer. Se paró frente a los escalones y miró hacia arriba al edificio, luego miró al sobre. Después de unos minutos se dio la vuelta y cruzó la calle.

Chuck estaba terminando de hablar por teléfono cuando escucho el toque a la puerta. Se despidió y se aproximó a abrir para ver quién era. Cuál fue su sorpresa, era ella.

–          “Se que esto es una locura, pero no puedo estar allí”.

–          “¿Estas segura?”

–          “No. Pero da igual”.

–          “Pasa”. – le dijo mientras ella entraba y el cerraba la puerta.

Anastasia le contó todo su drama. Necesitaba desahogarse con alguien, y un extraño era la persona perfecta. No la conocía, no la juzgaría, nada. Simplemente la escucharía y ofrecería alguna que otra sugerencia que igual a nadie le interesaba; pero es lo que suele pasar.

El cocinó, le ofreció un baño y una camisa para que se cambiara. No hay cosa más seductora que una mujer con solo una camisa de hombre puesta. Los dos sabían que iba a pasar, pero igual decidieron dar larga a la situación para ver si es que tenía más sentido.

Anastasia se sentó en una butaca mirando hacia la ventana abierta, su pelo mojado goteaba en la alfombra. Chuck se acercó a ella y le puso una toalla encima de los hombros, sécate el cabello, no vaya a ser que te resfríes. Ella fumaba.

–          “¿Siempre fumas tanto?” –  Le preguntó Chuck mientras pasaba sus manos por el cabello mojado de Anastasia.

–          “Si. La verdad es que no debería fumar tanto.” – Inhaló por última vez y le pasó el cigarrillo a Chuck. El pausó un momento, luego cogió el cigarrillo y se lo llevó a la boca.

Anastasia le pidió que la dejara sola, el aprovecho de cocinar algo mientras ella se recostó en la cama a tomar una siesta. Eran las 12 AM cuando ella despertó y se encontró aun en la casa de este hombre. Extrañada lo llamó, pero no hubo respuesta. Salió del cuarto y vio que había comida en la mesa. Chuck había dejado una nota en la mesa que decía:

“He tenido un imprevisto y he salido a una diligencia. Tardare en llegar. Come, estás en tu casa. Si fumas abre la ventana.”

Ella cenó y luego se vistió para irse para su casa. No podía pretender que todo lo que le pasaba por la mente en cuanto a Chuck fuera a ser posible. Entre los dos había una atracción innegable, existía una tensión fuerte que era evidente para él y para ella. Pero ella tenía demasiados problemas en su vida, además, estaba casada, y Chuck era un perfecto extraño; que hasta ese momento es lo que irónicamente más le atraía a ella.

Anastasia salió del apartamento y se dirigió a su casa. Abrió la puerta, fue directo a su habitación y metió la foto de su boda en la gaveta de la mesa de noche. Tenía el sobre en la mano con el teléfono del tipo del café. Le dio vueltas para no llamar, pero al fin terminó marcando a altas horas de la noche. “

–          “Hola” – Respondió el hombre del otro lado de la línea.

Anastasia no sabía bien que decir, estuvo en silencio unos segundos y luego le dijo: “¿Qué tengo que hacer?”

El hombre la reconoció en el acto.

–          “Así me gusta. Nos vemos en el mismo café mañana, a las 10 AM.”

Anastasia colgó el teléfono. Estaba muy nerviosa, necesitaba más que un cigarrillo. Buscaba desesperada en su gaveta un inhalador de Bencedrina pero no lo encontraba. Anastasia era adicta a la anfetamina, pero esta vez la crisis la sorprendió sin nada más que una dosis de nicotina.

Esa noche no pegó los ojos, y a primera hora salió con el sol a la farmacia a comprar un inhalador. Los nervios eran demasiado severos y no podía controlarse por sí sola. Compró el inhalador y una cerveza y se fue directo al baño del local. Rompió con el tacón el cilindro que cubría el papel adentro impregnado en Bencedrina. Tomó el papel y lo puso dentro de la cerveza y se la tomó de un solo. Ese fue su desayuno, la única forma, para ella, de entrar en condición para lo que estaba a punto de pasar que sospechaba sería un total desastre. 

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