El último

     Era un domingo caluroso y húmedo del mes de Agosto. Grant había estado en la Habana anteriormente, pero esta vez el calor era casi insoportable. A penas salió del avión y pisó el asfalto comenzó a sentir las gotas de sudor rápidamente rodando por debajo de su camisa. Alto y apuesto, la tibia briza de verano corría por su cabello castaño. A sus 25 años era un periodista y escritor; estaba en Cuba con la misión de documentar las actividades cotidianas de una familia nativa por dos semanas. Luego regresaría a Canadá donde documentaria otras dos semanas de otros miembros de la misma familia viviendo en el país norteamericano como inmigrantes.

     A Grant le apasionaba la expresión y la investigación, era curioso y le gustaba aprender y descubrir. Nunca se imaginó que este viaje en particular lo llevaría a descubrir tantas cosas y tantas diferentes dimensiones de la vida. Un Chevrolet del 1957, rojo y blanco, lo llevó hasta su destino; el hotel Terra, frente al malecón, es una estructura moderna a diferencia de otras que lo rodean de estilo más colonial y conservando la influencia española. Llegó a su habitación y al abrir la enorme ventana pudo apreciar las olas del océano romper contra la pared de contención. Se le escapó un suspiro y murmuró para sí: “¿Qué estoy haciendo aquí?

     Grant quería más de la vida. Aquí estaba trabajando para una revista cultural, cuando él quería trabajar haciendo investigaciones riesgosas llevando a cabo su sueño de ser un periodista siempre al filo de descubrir algo importante. Su trabajo no comenzaría oficialmente hasta la mañana del lunes, así que decidió que daría una vuelta, caminaría, iría a comer algo y quizás probar un ron y un puro. No se experimenta Cuba por completo sin al menos un ron y un puro.

     Las calles tan viejas y deterioradas, tan congeladas en el tiempo, pero a su vez, tan llenas de encanto y con tanto que contar. El sol se ponía en el malecón mientras Grant se dispuso a sentarse y sacar algunas fotos. La gente caminaba, pero la multitud menguaba con cada minuto que se acercaba a la oscuridad. La ciudad tomó un tono anaranjado provocando fuertes sombras, y de pronto oscureció. Unas escasas luces se disipaban, pero en realidad reinaba una oscuridad bastante densa y de esencia triste. Él quería pensar, y nadie pensó mejor que estando frente a una masa de agua iluminad por la luna. Grant estaba en un punto en su vida donde todo estaba seguro. Tenía un trabajo estable, una novia estable, sus padres aun juntos, una rutina y todo parecía a prueba de sufrimiento. Pero cuando el decidió ser periodista investigativo se había imaginado otra cosa. Él quería vivir la vida llena de riesgos, de emociones y situaciones inesperadas. Grant quería sentir la adrenalina de lo incierto, investigando crímenes, fantasmas, extraterrestres, fenómenos sin respuestas. 

     Se estaba haciendo tarde, debía descansar para el día siguiente. Se volteó a mirar su hotel, y percibió a la distancia y al doblar de la esquina el brillar de lentejuelas que atrapaban las luces de los coches que pasaban por la avenida. Ahora es que salían las chicas a jugar. Dicen que la prostitución no es legal en la isla, sin embargo es mundialmente conocida por las famosas jineteras. Dejare a la imaginación de ustedes el llegar a la conclusión de como se les fue dado ese nombre. Un hombre como Grant nunca había estado con una prostituta. El sexo casual con una extraña era algo que le daba un poco de miedo, y el miedo vencía su posible curiosidad.

     Se puso de pie, se estiro, y decidió cruzar la calle hacia su hotel; pero le llamó la atención una fuerte discusión de un edificio anexo. No queriendo ser obvio ni meterse en problemas siguió caminando, pero no pudo evitar darse cuenta de la escena. Notó que un hombre empujaba a una chica hacia la calle, discutían, ella resistía, pero después de un par de galletas dejo de pelear con él. Llevaba un vestido rojo de lentejuelas, demasiado corto para dejar cualquier cosa a la imaginación. No quedaba duda que se dedicaba al turismo sexual. Grant entró al hotel y se encerró en su habitación. Miro por la ventana y noto que la chica estaba sentada en el borde del malecón mirando al océano. Lucia devastada la pobre, pero a él le esperaba un largo lunes así que descarto la posibilidad de ir a buscarla. Cerró la cortina, se quitó la ropa, y se metió a la ducha. Se sentía fresco y tenía mucho cansancio, pero la imagen de aquella chica del vestido rojo no lo dejaba en paz. Se fue a la ventana una vez más a ver si aún estaba, y ahí estaba ella todavía, el viento violentamente soplando su pelo negro. Lucia como una sirena encantada cantándole a un marinero para naufragarlo en alta mar. Algo de ella le llamaba la atención, algo de ella era atractivo, pero no de manera sexual. Era indiscutiblemente bella, pero a leguas se le notaba una historia que él se moría por descubrir. Pero que, él no estaba ahí para eso, así que decidió una vez más tomar la ruta segura y se metió a la cama.

     Grant no podía dormir, se viraba de un lado al otro y daba vueltas sin conciliar el sueño. Ni el sonido del océano lo pudo arrullar, al contrario, le hacía pensar en ella.  Una vez más se acercó a la ventana pero esta vez ella no estaba. Se sintió desanimado, pero justo cuando iba a cerrar la cortina la vio pasar, el hombre de antes la seguía y le gritaba. Era obvio que era el chulo a cargo de ella. Discutían fuertemente y el hombre le reclamaba un dinero. Grant se puso una camisa y unos pantalones, revisó su billetera y salió rápidamente. Se dirigió donde estaba la chica y su agresor, su corazón latía tan fuerte que lo podía sentir golpeándole la garganta. No estaba seguro de lo que haría, solo sabía que tenía que hacer algo.

 “Hey!” Le gritó. Inmediatamente la chica y el hombre se dieron vuelta.

Grant no estaba seguro que decir. Así que sacó su billetera y dijo: “¿Cuánto?”, apuntando a la chica.

El hombre sonrió y la agarró de un brazo entregándosela a Grant.

“Disfrútala” Dijo el tipo arreglándose el sombrero.

“Pórtate bien” le dijo a la muchacha.

Ella se paró frente a Grant y lo miró de arriba abajo; definitivamente fuera del perfil regular de sus clientes pervertidos y poco atractivos.

“¿Tienes un cigarrillo?” Dijo ella.

“No fumo”, contestó Grant.

Ella viró los ojos.

Grant comenzó a caminar hacia el hotel pero ella no lo seguía así que pausó. No se dio la vuelta, solo miró hacia el lado.

 “Ven conmigo”, le dijo el en un tono suave.

Después de unos segundos ella comenzó a caminar, y lo siguió hasta su habitación.

Grant encendió la luz y le señaló que tomara asiento, ella miró a su alrededor y se sentó. Él estaba nervioso, y el momento era algo nuevo para él. No sabía qué hacer ni que decir, ni siquiera estaba seguro porque había traído a esta chica a su habitación.

 “¿Hablas inglés o qué?” Preguntó ella con una actitud.

Grant la miró sorpendido.  “¿Hablas inglés?”

“Lo básico que he aprendido con los turistas. ¿En serio no tienes cigarrillos?”

“No, lo siento. Además luces muy jovencita para estar fumando. ¿Qué edad tienes?”

“Mi edad y mi adicción no deberían importarle a un tipo que está dispuesto a pagar para tener sexo conmigo.”

Grant no sabía que decir. – “¿Sexo? Oh, um, no, digo…”

Ella lucia totalmente confundida.

“Ya veo, así que tú eres uno de esos raros. Muy bien. ¿Qué es lo que quieres que haga entonces?” dijo ella cruzando las piernas y recostándose hacia atrás en el sillón.

“Pues no sé. ¿Quieres agua?”

Ella estaba perpleja. Pensaba que Grant era un sádico con una rutina de juegos eróticos fuera de lo común que al final terminaría en el mismo acto sexual egoísta y asqueroso como todos los demás; pero al recibir un vaso de agua de él, noto su sonrisa y miró fijamente sus ojos azules. Él era diferente.

Grant se sentó frente a ella.

        “¿Cómo te llamas?” le preguntó el.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: “Mérida”.

        “Estas mintiendo” respondió con certeza él.

“Y a ti que te importa”, dijo ella mientras se le acercó poniendo su cara frente a la de él.

Grant sonrió y se hecho hacia atrás.

“En realidad no me importa, pero estaría bien llamarte algo aparte de oye tu o chica.”

“No necesitas saber mi nombre”.

“Tienes razón”.  

Grant se levantó y se fue al baño, se tardó unos minutos y cuando regresó ella estaba desnuda sobre la cama. Sin palabras, él se pasó las manos por la cabeza y respiró profundamente. Nunca había visto tanta belleza cruda así frente a él, y aunque se vio tentado a perderse en ese momento con ella se sentó en la esquina de la cama y la miró a los ojos. .

                “¿Ya acabemos con esto sí?”, le dijo ella.

                “Está bien”, contestó el.

     Grant la tomó de las manos y la acercó hacia él. La apretó fuerte, sus pechos desnudos comprimidos en un abrazo que parecía eterno. Los dos hicieron silencio mientras unas cuantas lágrimas le rodaron por las mejillas a ella y aterrizaron en los hombros de Grant. Él tomó una sábana y arropó a la chica cubriendo su cuerpo desnudo. Le quitó el pelo de la cara y le secó las lágrimas. Se acercó y le dijo al oído: “No estoy aquí para lo que tú piensas, solo que lo vi maltratándote y no se me ocurrió otra manera de alejarte de él. Duerme, creo que te hace falta descansar.” Ella hizo silencio, cerró sus ojos y se quedó dormida. Grant se acostó en el lado opuesto de la cama y ahí se durmió.  

        El sol se filtró por una rendija en la cortina; la joven abrió sus ojos y se encontró sorprendida de despertar en la cama de Grant. Sin mucho pensar se levantó y se vistió, aparentemente Grant ya se había ido. Ella usó el baño y se sentó en la cama a tomar agua mientras pensaba en lo que acababa de ocurrir hacia unas horas. Abrió su cartera para sacar un creyón de labios, pero lo primero que encontró fue una nota de Grant que leía:

Espero que hayas dormido bien. Estoy aquí por un trabajo así que tuve que salir temprano y lucias muy a gusto y no te quise molestar; quédate el rato que quieras. No es mi intención que te metas en problemas, así que te he dejado dos billetes de $50. Nadie te creería si le dices que te paraste frente a un hombre desnuda y fue capaz de decirte que no. Déjalo que asuma que pasamos la noche juntos, igual terminamos durmiendo juntos. ¿No? Quizás este un poco loco, pero me encantaría verte de nuevo, chica sin nombre.  Si por desgracia no regresas, mi nombre es Grant, y fue un verdadero placer.

     Fue un día largo para Grant y regresaba al hotel cuando el sol ya se estaba poniendo. Todo el día se lo había pasado pensando en ella, y esperanzado que la encontraría al regresar, pero ella ya no estaba. Lo que si encontró fueron los dos billetes de $50 sobre su cama con una notita que decía: “Gracias”.  Se asomó por la ventana y vio el muro del malecón iluminado por la luna. Tomó una libreta y salió al muro a sentarse, a sentir el viento y oler el mar. Escribía notas sobre su primer día de trabajo, apuntes de ideas y cosas que quería recordar. Al terminar, cerró su libreta y se dispuso a regresar pero al darse la vuelta cual fue su sorpresa al encontrarla ahí frente a él. Ella no tenía ninguna expresión en particular y estaba llena de moretones y arañazos en los brazos.

“Hola”, dijo Grant sonriente.

Ella se acercó al borde y se sentó, él se sentó al lado de ella. Ella miró hacia el océano sin intención de hacer ningún tipo de contacto visual con Grant. “Mi nombre es Yesenia, y tengo 19 años. Después de lo que hiciste por mi anoche supuse que al menos te merecías que te respondiera las únicas dos preguntas que me hiciste.”

               

                “Yesenia; bonito nombre”, dijo mirándola, pero ella no le devolvía la mirada. “Debías haber aceptado el dinero, solo he querido ayudarte”.

                “Está bien, no te preocupes. Aprecio mucho lo que hiciste.”

    Hablaron por horas, y así fue por las próximas 5 noches. Ella le contó que había sido prostituta desde los 15 años de edad. Su maestro en la secundaria era amigo del chulo y vendía a sus estudiantes por plata. Les daba excusas para salir de las clases para que pudieran verse con clientes. Su madre estaba muerta y su padre era un borracho. Ella se sentía responsable de mantener a su hermano y su hermana, unos gemelos de 12 años de edad. Le contó que su sueño era ser una bailarina de ballet clásico, que había estudiado ballet desde los tres años y como su sueño había sido aplastado por tanta realidad. Cada noche Grant se la llevaba a su habitación y le daba $25 para cubrir la comisión del chulo y mantenerla fuera de problemas. Ella se dormía en un lado de la cama y el en el otro.

La última noche juntos ella lloraba sin consuelo. Ella sabía que sin él tendría que volver a la rutina de siempre. Mientras conversaban frente al malecón Grant le pidió que bailara.

                “Como. ¿Un lap dance?” Dijo sorprendida.

                “No. Ballet. Eres bailarina. Muestrame”

                “¿Aquí?, ¿Ahora?”

                “¿Y porque no? a ver.

                “Eres muy extraño Grant”

El se rió. Y ella accedió a bailar. El la observaba, una diosa fabricada expresamente para cada movimiento que realizaba; su cuerpo estaba diseñado para hacer justamente eso. Grant se entristeció y le pidió que parara.

                “Eres increíble” le dijo.

                “Gracias”

                “Que pena que tengas que vivir así, tu naciste para bailar”

Ella no dijo nada ya que su expresión facial bastaba, se sentó de nuevo junto a Grant. Los dos miraban al océano, no se atrevían a mirarse a la cara. Sin dejar de mirar al agua y con dificultad por los nervios Grant rompió el incómodo silencio.

                “Tengo unas ganas increíbles de besarte”

                “Y porque no lo haces”, respondió ella sin quitarle los ojos al mar.

Grant la miró sorprendido. Y le contestó “Pues, no sé”.

                “Es porque las putas no besamos en la boca, al menos eso es lo que dicen”

Yesenia se viró frente a él y le puso la mano derecha sobre los ojos, le mordió suavemente los labios y Grant no pudo resistir más que besarla.

Esa noche ella no se quedó con él. Le explicó que un hombre como él tenía que ser el último en su vida y en su cuerpo, no uno más. Ella no quería probar lo que era hacer el amor para después tener que regresar al sexo frívolo y desapegado con cualquiera.

             “Adiós Grant” le dijo con lágrimas en los ojos, y cruzó la avenida con sus tacones brillosos perdiéndose en la oscuridad.

Grant devastado regresó a Canadá, su mente era para ella, sus pensamientos se habían quedado en el borde del malecón, y ese único beso le mordía los labios en el recuerdo y le apretaba el corazón.

     Cinco años pasaron. Y un día en un auditorio de la ciudad de Toronto Grant veía el ballet como acostumbraba a hacer desde que la había conocido a ella. De pronto en contra luz vio la silueta inconfundible de la mujer con la que soñaba todos los días de su vida, la mujer que representaba todos los riesgos que él quería tomar, y exteriorizaba todos sus temores. No lo podía creer. Pensó que era una broma de su imaginación. Después de todo había regresado a Cuba veces después a buscarla sin correr suerte alguna. No le importaba su pasado, no le importaba más que tenerla frente a él una vez más, esta vez sin el miedo que lo invadió la primera vez; y esta vez dispuesto a ser el último. ¿Sería ella? Su corazón latía fuertemente, las manos sudadas frías recorrían las barandas de las escaleras mientras corría hacia los vestidores del auditorio.

Llegó al final de la presentación y vio de espaldas a una bailarina soltándose el pelo. Sin dudas era ella. Casi sin fuerza en la voz la llamo por su nombre.

               “Hola”

Ella se dio vuelta inmediatamente.

                “No lo puedo creer”, dijo sin poder moverse de su sitio.

                “Lo lograste”

Grant se acercó a ella y la abrazó fuertemente. Tomó su cintura entre los brazos y la apretó contra él. Le beso la frente, las mejillas y le mordió los labios. Y a los oídos le susurraba: “Quiero ser el último”.  

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